viernes, 31 de julio de 2009

LA CARTA NEGRA

(extracto)
Cuando digo que mi abuela se burlaba y se reía diciéndome "Magdalena" mientras lloraba por alguna indignación, no me refiero a una cargada inocente. Verdaderamente se reía con cinismo y disfrutaba hacerme llorar más aún, porque claro que de verla cargarme lloraba más.
Cuando quedé embarazada y supe con cuanta expectativa ella deseaba que tuviese un hijo varón entendí otras cosas acerca de la extrañeza de sus costumbres. Convertida en su nieta favorita, lo mejor que podía desearme era tener primero un hijo varón, por el apellido y después una nena para que me cuide, como ahora su hija la cuida a sus casi 97.
Recuerdo perfectamente su expresión fría diciéndome irónica "Magdalena" en medio del llanto. Yo ni siquiera sabía quien era y una vez se lo había preguntado. Me había dicho que una de las mujeres que acompañaban a Jesús y que lloraba sin parar.
La explicación no me ayudaba en nada.
No podía entender por qué tenía que atacarme así, me dolía profundamente y me hacía llorar más, claro, ¿por qué debía merecer este castigo que se sumaba al de la propia indignación que me había llevado al llanto ya desde antes, por qué?
Conservo su rostro joven nítido en la memoria, su cabello teñido de oscuro, lleno de spray, perfectamente quieto, sus lentes de cristales verdosos con marcos gruesos y elegantes, su expresión minimalista, su excesiva bondad, mi amor incondicional hacia ella y estos resquicios en donde al llorar y a solas (o con mi hermano que es igual) me daba estas estocadas fatales.
He pensado mucho en el porqué de este ataque suyo íntimo y abusivo que ejercía contra mí, mereciendo todo mi respeto, mi amor, siendo yo una niña y ella una mujer muy generosa que se destacaba por su bondad y calidez, que hasta incluso me adoraba.

(Creo que mi abuela al verme llorar lamentaba mi femeneidad tanto como lamentaba la suya propia, porque en definitiva le terminaba adjudicando la culpa de sus sufrimientos al hecho concreto de haber nacido mujer e inconcientemente aprovechaba estar a solas con una nena para ejercer su mecanismo defensivo liberador de agresión en espejo.)

Cotidianamente me contaba sus tantísimos pesares y también que nunca fue de llorar, por lo que yo siempre imaginé que era claramente posible hacerlo por dentro, sin que nadie lo sepa. Concretamente imaginé un acueducto interno que conducía un río de lágrimas no visibles en un complejo mecanismo que las evacuaba por la orina.
Yo escuchaba contar todo esto a mi abuela y tenía la certeza de que lloraba así, de lo contrario me parecía inhumano que hubiese aguantado tanto. Y tenía que creerle lo de la ausencia de lágrimas porque sólo la había visto llorar una vez.
Fue el día en que llegó de Europa una carta negra anunciando que su madre había muerto.
Fue la única vez que le vi lágrimas.
Estábamos en su casa de Liniers 16, toda la familia estaba reunida viendo a mi abuela con los ojos enrojecidos y la carta negra esa en la mano.

9 comentarios:

Lena dijo...

Creo que mi abuela al verme llorar lamentaba mi femeneidad tanto como lamentaba la suya propia...

(lo que somos, Karina...esto es lucidez total)...

El texto es un terremoto...

Escrito desde adentro, levantas terrones de tierra con la pluma...

Después de leerte creo que me quedó una especie de cicatriz.

Fantástico, Kari.

(bello cambio en el blog...felicita al fotografo de mi parte)

beso gigante!

Fero dijo...

Impactante.

Pienso que el llanto es unas de las dimensiones mas humanas que existen (siendo El amor mas divino que humano, por ejemplo); y es tan humano el llanto como el dolor, pues este le acompaña. ¿A quien engañamos? nos acompañan las lágrimas desde el nacimiento hasta la muerte; y que no lo exprese exteriormente, tiene el acueducto ese del que hablas.

no imaginas como me ha encantado leerte. Es como asistir a una clase magistral.

abrazo.

calma dijo...

Profundo relato de la relación con tu abuela, sabia mujer por otro lado, no decía más que verdades como puños, el precio tan alto que supone ser mujer, cuánto más en su época.
Te ha quedado muy bonito el blog.
Un beso Karina otro para tu abuela.

TORO SALVAJE dijo...

Esas cartas debían dar miedo.
El ribete negro anunciando el dolor y dentro la estocada en el corazón.
Cuánto dolor y cuánta tristeza por todas partes Karina, en la infancia, en la vejez, por el camino, en todas partes.

Besos.

Codorníu dijo...

Muy bueno, Karina.

Llorar y reir, los dos colores básicos con que se pinta el mundo.

Emociones a parte, es un texto muy bien llevado.

Me conmovió lo de los 97 años: mi padre anda en esos números también.

Un beso.

-Pato- dijo...

¿Te dije alguna vez que admiro mucho en vos tu claridad?

Bueno, si no lo hice, lo hago ahora, porque te leía y pensaba eso mismo, qué lúcida eras, que la profundidad no hacía que dejaras de ver.

Haciendo "filosofía barata y zapatos de goma" creo que tu abuela te decía Magdalena porque hubiera dado no se qué por poder llorar así libremente como vos lo hacías y pobrecita no podía.
Vos de alguna manera también llorás por ella, como si su memoria habitara tus recuerdos.
Ay, no sé si soy clara, yo creo que no, ajajajjaaj!!

Besos, genial como siempre y genial esta lavada de cara que le hiciste al blog :)

Marcelo dijo...

Entro aquí por primera vez y estoy impactado por tus letras. Por tus comentaristas, que conozco varios y son cosa seria. El miedo a llorar es un clásico del hombre de otros tiempos y claro, las mujeres que no gustan de serlo es lo primero que reprimen. Qué curioso es tapar el síntoma y no resolver el problema...
Volveré

karina dijo...

Gracias Marcelo por tus palabras.

...y sí, son "cosas serias".

Aprovecho para decirles a todos que gracias, que me une a todos un gran afecto, una gran admiración, infinitas gracias.

Karina

calma dijo...

Un beso Karina, gracias por tu visita, se echan de menos tus letras...
Abrazo grande, gracias por la música, es genial.