jueves, 2 de julio de 2009

El doctor Tiritas

El doctor Tiritas llevaba siempre como cinturón un elástico. Tenía una visera roja para que el sol no le hiciese reflejo y una valija con los colores del arco iris. Llevaba colgada de la hebra de una lana una libreta en la que anotaba todas las cosas verdaderamente interesantes que descubría y la libreta sí que era bien gordita. Llenaba una entera por cada mes y cuando las terminaba las guardaba en una caja de televisor que había forrado con terciopelo azul.
El último descubrimiento que había agregado era que la canción del payaso plin plin tenía la misma melodía que la del del feliz cumpleaños. Lo había descubierto justo ayer, pero hoy no había anotado nada. Y como todos los días siempre anotaba algo y ya era de noche, estaba triste.
Se desanudó el elástico y el pantalón le cayó como el chan chan de un piano, se desmontó la hebra de lana y dejó la libreta sobre la mesa ratona de al lado de su cama.
Se acostó y apagó la luz.
Era el primer día en doce años que no descubría nada.
Se preguntó si no será señal de estar envejeciendo y aunque no se supo responder se consoló pensando que el viernes tres de abril del año pasado había anotado dos descubrimientos: que las latas de mermeladas duras de abrir se aflojaban con un cuchillo y que escuchar su canción favorita con los ojos cerrados le daba hambre. Bien podría valer esa que había escrito de más por la que hoy no llegó, pensó, pero lo mismo no se podía dormir.
Se empezó a poner cada vez más triste.
Sintió miedo de creer que quizás pueda ocurrirle lo mismo mañana y otra vez pasado mañana y de no poder descubrir nada nuevo nunca más y comenzó a sudar.
Había curado a 757 chicos rematando cada una de sus curas con un chiste y un caramelo pero nunca se había enfermado, por eso es que cuando comenzó a sudar se asustó.
Llamó a su amigo Nonó, que apenas llegó volando en skate lo empezó a revisar detenidamente con una gran lupa que llevaba en el bolsillo izquierdo del saco. Terminada la tarea, sonrió. Le dijo que lo único que tenía era un gran NO estacionado en la frente y le prestó su gorra de pensar.
Le dijo, prueba con ésto a ver si te alivias y le dio un aparato extraño, tipo gorro con girasoles y una estrella agarrada de pelo de ángel.
Cuando el doctor Tiritas se puso el aparato en la cabeza sintió una alegría inmensa que le cavaba el estómago como un globo. Recordó las curitas con las que había curado a sus pacientes, las sonrisas de chistes con ruido, las notas de su libreta, la caja de terciopelo incluída su mancha de humedad y enseguida se le ocurrió algo maravilloso. Agarró la libreta y anotó: "Hoy descubrí que un amigo siempre tiene las palabras mágicas que necesito".

3 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

El Doctor Tiritas y su amigo Nonó serían unos espléndidos personajes para las películas de Tim Burton.

Los he visto.

Besos.

calma dijo...

Juguemos al si siempre, querida Karina tienes una forma tan sutil de
decir las cosas, de decir siempre tanto... o yo por lo menos siempre veo mucho detrás de todas y cada una de tus letras, eres formidable.
Un abrazo bien grande y un plas plas plas.

Codorníu dijo...

No sé si son alarmantes las noticias que nos llegan sobre la gripe ahí donde tú estás. Cuídate mucho, amiga.

Un beso.
(Tu texto, magnífico como todos)