
Soy el abismo que me engulle según la ley de presión atmosférica de turno.
Ahora soy de goma, verde.
No por esperanza, sino porque me estiro por la maleza hasta su cara y lo acaricio igual
Aunque no esté, aunque no sepa, aunque se haya olvidado…
Ahora soy de goma, verde.
No por esperanza, sino porque me estiro por la maleza hasta su cara y lo acaricio igual
Aunque no esté, aunque no sepa, aunque se haya olvidado…
Soy el anhelo perpetuo de aquella moneda caída en el hueco inaccesible de la alcantarilla del azar,
el sentido pésame de lo que no fue y quise que sea.
Trastabillo con poco y siempre por lo mismo. Con la misma piedra que pega en la misma rodilla, en la misma parte de la misma rodilla, pero que duele distinto.
Vuelvo como roldada a seguir girando sobre aquellos rieles fuertes, perdidos, abismados.
Mientras, el tiempo se mide en ceniceros colapsados, en cantidad de canas y en ciclos aparentemente cumplidos,
pero es que nunca ha pasado.
Vuelve al anhelo de lo que debió ser como una constante que llama a eso y sólo a eso.
Desde el silencio rotundo y la soledad más íntima.
Soy esa que dejó de ser ahí, parada en la impotencia.
Niña llorando por su juguete roto,
Soy esa que dejó de ser ahí, parada en la impotencia.
Niña llorando por su juguete roto,
que en vez de llorar hasta que no queden lágrimas
se disfraza de obligaciones para seguir como si todo fuese superable.
Pero que adentro algo se le destroza inexorable
que hasta que no muera seguirá vivo,
llamando, engulléndome en el abismo,
que hoy es maleza, lejana, que me hace impertinencia de goma
Pero que adentro algo se le destroza inexorable
que hasta que no muera seguirá vivo,
llamando, engulléndome en el abismo,
que hoy es maleza, lejana, que me hace impertinencia de goma
para acariciar su cara con una caricia de manos y piel inventada
que dirijo hacia él
como símbolo de añoranza
de lo mío más bello que no fue.




