miércoles, 24 de marzo de 2010

AUSENCIAS

"Muertitos degollados,
decapitados,
deslenguados,
desfigurados,
muertitos de cuajo desgajados,
muertitos sin ataúd:
No es cierto
que la muerte los haya matado.
NO ES CIERTO.
Violeta Parra, de la obra de teatro "Violeta viene a nacer"


Comparto el excelente trabajo del fotógrafo Horacio Germano en el día que invita a reflexionar acerca del horror. http://ausencias-gustavogermano.blogspot.com/

"...Más que los juicios penales, las investigaciones periodísticas o los ensayos filosóficos, el arte da cuenta del vacío lacerante que la ausencia inexplicable provoca. Como las esculturas de Juan Carlos Distéfano o los poemas de Juan Gelman, los cuadros de Carlos Alonso o los del español Ramos Gucemas, las fotografías de Gustavo Germano y los puntos que en cada leyenda reemplazan al nombre ausente evocan ese trauma fundador de la identidad argentina contemporánea y nos introducen al misterio del tiempo con la muda violencia de un gesto congelado." (Horacio Verbitsky)
1969
Gustavo M. Germano
Guillermo A. Germano
Diego H. M. Germano
Eduardo R. Germano

2006
Gustavo M. Germano
Guillermo A. Germano
Diego H. M. Germano
...
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Mas aproximadamente otros 30.000 desaparecidos.
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NUNCA MAS

jueves, 31 de diciembre de 2009

FELICIDADES ♥

Por acá también muevo cosas repentinamente a veces para hacerme existir y me quedo hasta tarde escribiendo, y multiplicadas veces me convenzo de que debe haber un error en todo lo que hago o pienso y que podría deberse a unas servilletas.
También desecho cualquier teoría, aunque ellas vengan y vuelvan y quieran salirse por mis dedos y estúpidamente las deje. Y pasa que muchas veces cualquier cosa se vuelve espejo y me mira desde una misma cara incluso camuflada en varias distintas, hasta que logro ver a la cosa misma.
En fin, las cosas pasan también acá como se combinan las frutas para el jugo. Lo único distinto es que hay luna llena, y que está porque puedo verla, aunque sea de día. Por eso es que confío en mis ojos, que están aprendiendo a ver sin prejuicios y entonces pueden elegir y nutrirse de aquello fértil y bello como para poder juntar entre los párpados toda la belleza que puedan y convertirse en un peón de luz, como dice la bella bruja.
Y hacerme notar cuando me cierro y me empaco en mí misma y me pierdo este gran puente de amistad que puedo tender siempre con el otro dispuesto, esa sumatoria de cariño que es la única que puede romper todo este manto de impotencia que a veces dejo acumular entre mis dedos.
Mi querido Pepe me ha hecho parir las palabras que inician el texto y luego me ha inspirado todo el cariño que desborda la casa de Calma, la sensibilidad y el acompañamiento de las palabras de Fero, Lena, Radamés y la calidez de Toro que a veces escribe pesimismo y es un tierno a mi parecer, y todo esto me lleva hacia unas palabras que encontró Pato, de Phil Ochs, que dicen que “En tiempos tan horribles, la única protesta valedera es la Belleza”, entendiendo por belleza el hacer precario de lo sencillo y posible que esté a nuestra mano en el camino de construirnos como seres de lumbre.
No sé porque me he puesto melancólica, es que estoy despidiendo a la que ya no quiero ser. Sepan disculpar mis torpezas, ustedes y todos, pero es que a veces siento que no logro expresar lo tanto que los quiero.
Mientras, al otro lado del océano, ya deberá ser año nuevo.

martes, 17 de noviembre de 2009

Tiempo de Penélopes Hacedoras

Penélope, ¿por qué tejes?

No hay poesía en el paisaje de una mujer ausente.


Cuéntame,

¿qué sientes?


Sabes, te miro a los ojos y me veo, he sido tú y por eso te hablo.


Escucha.


La vida es más una pizza de varias porciones que el ovillo de una lana única, atiende quieres.


No se posterga.


Sólo te pido que salgas, que te ensucies del barro del mundo para que veas cuanto queda por hacer. Que hagas.

No destejas más bufandas, véndelas, abriga a los niños que mueren de frío, dónalas como frazadas, estudia el tejer con máquinas.

Abandona la idea que te aquieta y téjete un pensamiento nuevo en la cabeza, una idea de amor concreto, posible, amplio, no dependiente, un deseo de mujer autónoma, nueva. Hazle las lazadas y el punto que quieras, pero escucha, no lo destejas.


Ha llegado el otro tiempo que señala que es hora de dejar atrás al viejo.

Admite que no le recomiendas a nadie tu coraza.

Putea si es necesario, enfurécete, reclama, escupe la dificultad de amar al mundo pero no tejas por soledad hijos sin alas.


Hazlo por todas, todas somos tú y tú eres nosotras.

Salte de ese rol.


No deshagas más puntos, compra nueva lana.


Y teje el mundo que quieras, habla.



lunes, 9 de noviembre de 2009

AMNESIA

No recuerdo para nada ese sonido casi musical que me arrullaba palabras de amor.
Ni lo profundo de ese abismo negro que me miraba y me tocaba con preguntas delimitando toda una burbuja en la que tomábamos mate y nos diferenciábamos del mundo.
Para nada.
Fue hace tiempo.
Mucho menos recuerdo la araña que se me clavó en el pecho desde que nos dejamos de mirar cuerpo a cuerpo, (lo que se llama fin o pequeña muerte).
Fue en ese tiempo en el que me di cuenta que las arañas tienen uñas, porque cada noche terminaba toda rasguñada y lo notaba al lavarme los dientes mirándome al espejo.
Digo araña porque es por dentro y no se nota. Menos mal que no se nota, menos mal que no me acuerdo. Porque está igual de grande, igual de gorda y quedó anclada ahí, como de souvenir, desde que nos decidimos morir.

Intenté quitármela con mil artilugios y hoy sé que no se puede, que fue perder el tiempo. Lo único que debí haber hecho desde el comienzo fue trabar lazos amistosos con la araña y hasta limarle las uñas todo caso o hacerle servicios de pedicuría. Igual no importa porque no lo recuerdo.
Menos recuerdo el día en que le robé un beso a plena luz e hice comenzar todo, en ese bar cerca del Malva lleno de gente invisible a su lado y que había llegado a la cita con un bon o bon, menos.

Y entonces vivo feliz con mi marido, solos los dos, porque no recuerdo a nadie, y lo quiero como si fuese el único hombre en la tierra porque de él me olvidé. Todo esto que no recuerdo no existe y vivo feliz. Ni siquiera conservo el mínimo rastro de aquel famoso bombón de chocolate, negro. Ni de aquel beso iniciador como ya dije, ni la mínima esperanza de que vuelva a tocarme el timbre o de llamarme al celular, para nada.
No recuerdo ninguna de esas esperanzas.
Y si bien la araña me sigue rasguñando, ya se siente como parte de mi anatomía y no me hace acordar al olvido que he tejido de él en todo este tiempo en que amo a otro.

No lo recuerdo.

Sólo en sueños que olvido apenas despierto.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Hipótesis de si las flores mueren y cuando

Estaba deshojando los pétalos secos del ramo de campanitas sobre el jarrón del living. Era la hora mágica, esa que dura un rato antes del anochecer. Intentaba sacarlos enteros y los arrojaba al tacho de basura sin apretarlos. Sostenía el tallo con delicadeza y tironeaba hacia abajo. Disfrutaba sostener su no peso en ese rato que le duraban sobre la palma. Había soportado la tarea como hipnotizada.
Miró el reloj, miró el tacho. Recién ahí tuvo noción del tiempo. Contemplar la sumatoria de hojas secas acumuladas fue más contundente que constatar que el minutero del reloj había avanzado
media hora, estaba casi lleno.
Fue ahí que sonó el teléfono.
Una estocada semejante a la caída de un trueno le hizo vibrar sus músculos orgánicamente a la par del timbre, y las hojas secas más cercanas a la superficie del tacho se derramaron del impacto. Toda ella era como un susto simbronando sin base.
Primero miró el derrame, después saltó del sillón como alejándose del epicentro sonoro. Reconoció la taquicardia acostumbrada ante la desestabilización.
Creía que no esperaba nada. Creía que nada iba a ocurrir aquella tarde. Hacía largos meses que sostenía su cotidianidad rechazando cuanta amenaza de imprevistos pudiese evitar. El teléfono insistía, claro que podría ser su madre proponiendo otra vez el almuerzo del domingo que desde hace tres semanas venía postergando, aunque también podría ser él, aún después de tanto tiempo bien que podría ser él, pensó.

Su fantasma venía presenciándola con contundencia últimamente. Lo presentía. Por ejemplo hace un momento, al arrancar cada pétalo seco había tenido la sensación de sostener en su palma pequeños cadáveres de diferentes partes de él, con el mismo no peso que le pesaban sus no caricias o su no voz. Cuando por el desorden de la confusión que todo le produjo, aprisionó debajo de su sandalia una porción de hojas secas escuchó el leve crujir de sus partes ya nítido y casi le dolió. Creyó poder resistir la tentación de atender estoica, atenta al exacto monto de insistencia que estaba dispuesto hacer sonar el teléfono, puesto que no tenía contestador, eso creyó.

Una brisa magenta entró por la ventana y le llevó los ojos dramáticos hacia el atardecer. También voló las flores secas del piso y las dejó más extendidas. También crujieron en un murmullo de película. Su cobardía la revolvía adentro con una estaca. Casi podía verlo extendiéndose a través del cable y presentándose en su casa. Estaba segura. Segura de no atender, segura de que era él. Sólo tenía una duda en forma de sensación, que la interrogaba acerca de su vida postergada, oculta tras ese velo de sentir que su hora había pasado. La duda de si iba a poder perdonarse alguna vez, como reflejo en la ventana, mirándola.

Atendió.

A veces la monotonía es tan amenazante que no se deja tolerar.

Le llevó el brazo, dice. No habló, ni cortó. No tuvo reacción más que la de un mutismo hondo.

Las hojas se acomodaban mientras en hileras curvas con el viento y cambiaban de formas.

Se escuchó el destiempo del otro lado cortando, ella cree que sintió un aliento pero se confunde con el sonido del viento, no está segura. Siguió aferrada al tubo de plástico, viendo a través del túnel negro, cero, hueco, un rato; el silencio como una caverna infinita capaz de milagros. Pero no. Destiempo, pensó.
Todas las flores estaban secas, fue un error separar los gajos, habría que haber tirado el ramo entero, no tenían vida, sólo perfume, un hondo perfume a muerte, pensó. No había porque hacer durar las cosas más de lo que duran en sí.

Cuando colgó el tubo lo hizo como escribiendo la absurda palabra fin al capítulo de su cuerpo, sabiendo que jamás podría renunciar a su fantasma. Había un tosco empecinamiento en no darle otra chance, en castigarlo severamente con hasta el mínimo gesto. Incluso tenía la certeza que se presentaba en sus sueños y operaba sobre él atosigándolo de una culpa irremediable. Nada de ésto la gratificaba, claro.

Comenzó a barrer esas hojas que casi le ocupaban el living completo, minúsculamente esparcidas, volátiles. Por cada barrida caían varias a la pala pero otras varias volvían a esparcirse. Las malditas cosas pequeñas son las más endemoniadas de acabar, pensó. Lo minúsculo queda atorado en cualquier sitio y ante la estúpida manía de mantener limpia nuestra conciencia, lo sucio por más mínimo que sea, se hace evidente con una calidad extremadamente grotesca.
Todas las grietas de la cerámica estaban impregnadas de hojas muertas, aún bellas de muertas, nada más poético se le vino a la mente.
¿Por qué una flor seca seguiría siendo bella?, se preguntó.
Y se quedó pensando un rato en la extraña cualidad que tienen las flores cuando mueren, si es que mueren. Si es que sólo las mata la memoria, o qué.

¿Por qué una hoja de otoño se resquebraja al pisarla por ejemplo y una flor queda asolapada entre las páginas preferidas de un libro hasta varias vidas? ¿cuándo es que mueren y cómo, o dónde?, si es que eso pasa. Si es que morir es quedarse anudado a la mejor parte, adentro, entre tantas, ahí, rozada por las mejores palabras. ¿Es así morir? ¿Cuándo pasa? ¿Qué parte muere? ¿Cuándo y cómo?, si puede ¿Puede?

viernes, 4 de septiembre de 2009

MANOJO DE FLORES

Alguien quiere decirme algo, entonces respiro una bocanada de aire para ordenar adentro y darle espacio.

Inspiro, me abro, le hago lugar.

Alguien quiere regalarme un manojo de palabras como un ramo de flores y voy a tomarlo
.
Voy a oír retumbar el ruido del otro sobre mi pecho, el eco que tienen todas las palabras sobre la caverna de mí cuando se abre, cuando siente que algo puede ser más sencillo sin miedo.

Voy a respirarle la voz para verme en su espejo de flores
.
Porque todos nos detenemos a veces en aquella frustración, en aquel escalón amargo de aquel día, y tenemos por quien llorar o con quien reírnos de las mismas cosas simples y tontas.

Todos soñamos por las noches y recordamos tan sólo una porción de esa enorme pizza que nos gobierna y también cometimos aquel error que sigue retumbando ciego la tecla de la culpa, oigámonos, sintámonos más afines, más cercanos, el aire no va a acabarse pronto.
Los cambios nos pisotean el pelo de voraces y la vida no es un arcón de recuerdos.

Todo queda por hacer.

Cambiemos algo.

Así como buscamos imitando en la quietud y en lo oscuro al sueño, finjamos un momento una mirada ingenua que quiera creer.

Corramos ese velo y sentémonos sobre la silla más hacia el costado blanco
.
Oigámonos con todo el cuerpo, con el pecho abierto por si acaso alguien diga la flor llave de aquel día, y abra una ventana por la que entre el sol.

jueves, 27 de agosto de 2009

UNO

Yo quiero escuchar el timbre y correr por el pasillo a abrirte caminando para que no te des cuenta, guardarme esa risa congénita que me viene cuando te pienso y verte y que me explote en la boca lo mismo, aunque no quiera, que traigas biscochitos de grasa, preguntarte y que me digas cómo estás, sentirme mal si no me decís todo lo que quiero escuchar, dudarte, besarte igual.
Que me grites si abro el agua y se te enfría la ducha. Que me pidas que descuelgue la bombacha de la canilla, darte la taolla, secar lo mojado del baño aunque no me haya bañado, agarrar el secador, el trapo y limpiarlo. Que me reproches haberme olvidado de comprar flan.
Cambiar los muebles de lado, prepararme, desear que llegues, desearte, lavarme los dientes para vos, sorprenderte con el sillón bordó en el medio, ponerme perfume y esperarte, aunque siempre llegues más tarde de lo que decís, que me de esa taquicardia que me da cuando te veo, esperarte, aunque reviente de ganas de putearte de todo lo que tardás y se me despinten los labios de tomar todo el líquido que tomo esperándote, y verte y que no me den ni ganas de preguntarte nada de cómo me mirás, acariciarte, abanicarte todo el verano si se rompe el ventilador, masajearte la espalda y que vengas.
Contarte a la mañana temprano los sueños, que me cuentes el libro que estás leyendo, que vayamos al cine a ver las de ciencia ficción, comprarte cigarrillos, traerte helado, que estés conmigo, escuchar tus pasos.
Que pongas el lavarropas, que me preguntes si quiero meter algo.
Que me destapes a la noche, que te rías, que ronques.
Que riegues las plantas cuando se te antoja, no importa si yo ya las regué, regalas todas las veces que quieras, ahogalas si querés, pero regalas si te gusta y yo mirarte por la ventana del patio, que dejes todo mojado, que peles las papas para el puré y hagas todo ese quilombo de ruido que hacés y yo escucharte, mientras baldeo el patio, que sienta que estás ahí, cortando, pelando, que pongas la música que más te guste y hagas mucho ruido, todo el que quieras, así hay más sonidos que no sean sólo míos, no sólo tan míos, siempre los mismos de tanto yo y tan quietos, siendo tan poco solos, como poemas que nadie leyó.

lunes, 24 de agosto de 2009

Tengo una amiga que me permite decir que lo voy a esperar todas las horas de todos los días que me queden.
Pero lo que más dolor me da es no saber si en realidad voy a poder hacerlo.
Que ni siquiera pueda respetar yo misma mi sentimiento más hondo.
Y todo por esta vocación de supervivencia que tengo.

jueves, 20 de agosto de 2009

RECUERDO

Rechinan las cucharas sobre los platos hondos a destiempo.
Las cuatro cucharas de las cuatro lozas se percuten,
van y vienen con los ojos.
El cucharón ruge contra el aluminio yendo por más,
el alto timbre del raspaje,
metal con metal,
líquido.

Silencio.

Cuatro bocas abriéndose al alimento de la sopa,
cuatro gargantas tragando líquidos,
cuatro cucharas contra el nácar de los dientes,
cuatro pares de brazos sosteniendo el peso
bajo un mismo techo,
sobre una misma tabla,
rozando el mismo mantel cotidiano
de los mismos años en que comparten sus caras.

Frente a mí su figura,
a su lado la misma en pequeño.
al lado mío mamá,
todos orbitando el mismo silencio espeso.

Afuera algunos pasos, alguna bocina, un perro,
Adentro es sonido solo,
solo sin nadie, cenando solo,
el volumen alto de los otros
de los sonidos graves del silencio de los otros
sonando el ruido que hace el miedo matando palabras.

martes, 11 de agosto de 2009

La explicación

"Los hijos se hacen así", nos dijo una compañera en sexto grado, y agarró una lapicera y dibujó en una hoja dos palos abiertos tachados por una raya corta en el centro. “La mujer se pone así (señaló los palos abiertos) el hombre se pone arriba, (apuntó a la raya corta) le pone eso ahí (la remarcó) y larga algo”.
Estábamos todas cabeza con cabeza apelmazadas sobre su dibujo tratando de entender. Fue bastante gráfica. Todas pusimos una cara de asco con su respectivo sonido, o sea que sonó algo así como un coro de ajjjjjjjjj, e incluso se escuchó la palabra a ese ce o de varias.
Nadie se animó a hacerle ninguna pregunta más.
Era repetidora por lo que nos llevaba un año de ventaja, se llamaba Marcela Hebrero. Tenía el pelo largo hasta la cintura y lacio, mucho pelo castaño oscuro y cara redonda y grande como un melón. Hablaba rápido y lo dijo con naturalidad, como si lo hubiese sabido desde hace tiempo.
La primera imagen que me vino fue la de mi madre y mi padre en dicha posición, claro.
La vida no fue lo mismo desde aquel día.
Si se habían rebajado a semejante acto, pensé, cualquier cosa podría ocurrir, desde que el mundo dejase de existir de repente, hasta que todos los elefantes se pusiesen a volar.

viernes, 31 de julio de 2009

LA CARTA NEGRA

(extracto)
Cuando digo que mi abuela se burlaba y se reía diciéndome "Magdalena" mientras lloraba por alguna indignación, no me refiero a una cargada inocente. Verdaderamente se reía con cinismo y disfrutaba hacerme llorar más aún, porque claro que de verla cargarme lloraba más.
Cuando quedé embarazada y supe con cuanta expectativa ella deseaba que tuviese un hijo varón entendí otras cosas acerca de la extrañeza de sus costumbres. Convertida en su nieta favorita, lo mejor que podía desearme era tener primero un hijo varón, por el apellido y después una nena para que me cuide, como ahora su hija la cuida a sus casi 97.
Recuerdo perfectamente su expresión fría diciéndome irónica "Magdalena" en medio del llanto. Yo ni siquiera sabía quien era y una vez se lo había preguntado. Me había dicho que una de las mujeres que acompañaban a Jesús y que lloraba sin parar.
La explicación no me ayudaba en nada.
No podía entender por qué tenía que atacarme así, me dolía profundamente y me hacía llorar más, claro, ¿por qué debía merecer este castigo que se sumaba al de la propia indignación que me había llevado al llanto ya desde antes, por qué?
Conservo su rostro joven nítido en la memoria, su cabello teñido de oscuro, lleno de spray, perfectamente quieto, sus lentes de cristales verdosos con marcos gruesos y elegantes, su expresión minimalista, su excesiva bondad, mi amor incondicional hacia ella y estos resquicios en donde al llorar y a solas (o con mi hermano que es igual) me daba estas estocadas fatales.
He pensado mucho en el porqué de este ataque suyo íntimo y abusivo que ejercía contra mí, mereciendo todo mi respeto, mi amor, siendo yo una niña y ella una mujer muy generosa que se destacaba por su bondad y calidez, que hasta incluso me adoraba.

(Creo que mi abuela al verme llorar lamentaba mi femeneidad tanto como lamentaba la suya propia, porque en definitiva le terminaba adjudicando la culpa de sus sufrimientos al hecho concreto de haber nacido mujer e inconcientemente aprovechaba estar a solas con una nena para ejercer su mecanismo defensivo liberador de agresión en espejo.)

Cotidianamente me contaba sus tantísimos pesares y también que nunca fue de llorar, por lo que yo siempre imaginé que era claramente posible hacerlo por dentro, sin que nadie lo sepa. Concretamente imaginé un acueducto interno que conducía un río de lágrimas no visibles en un complejo mecanismo que las evacuaba por la orina.
Yo escuchaba contar todo esto a mi abuela y tenía la certeza de que lloraba así, de lo contrario me parecía inhumano que hubiese aguantado tanto. Y tenía que creerle lo de la ausencia de lágrimas porque sólo la había visto llorar una vez.
Fue el día en que llegó de Europa una carta negra anunciando que su madre había muerto.
Fue la única vez que le vi lágrimas.
Estábamos en su casa de Liniers 16, toda la familia estaba reunida viendo a mi abuela con los ojos enrojecidos y la carta negra esa en la mano.

martes, 21 de julio de 2009

SERIE NOCTURNIDAD

Sigue la noche.
A la hora de los misterios sueltos camino reventando en cada paso la línea de las baldosas, destruyendo todo augurio, desesperanzándome para vaciar las ansias. Para calmarme camino hilvanándome a la masa asimétrica de la noche, mimetizada de compañía, de ruidos, de música, de piel. Fumo en bocanadas lo no dicho, lo no vivido, lo no logrado. Me espanto en la noche oscura y me embarro de su barro, me dejo insultar de su oscuro, me dejo abofetear la soberbia. Fumo. Exhalo el grito silencioso mientras demuestro una sonrisa placentera de estar, que para mi sorpresa no suena falsa. Camino.
El movimiento despierta asociaciones lúdicas entre el desperdicio de la basura, la bicicleta que pasa y el aquelarre de adolescentes quebrados en el cordón oscuro de la Shell. Un auto con el parlante a todo volumen y el gentío se inquieta, retumba, titila sobre su eje. Nadie va a ningún lado.
Todos buscamos amapolas en el cemento, eco de mar en el bullicio, lluvia debajo de los toldos y sed ahogados en cerveza hasta que el tiempo gire o colee hasta que se detenga a acontecer en algún recoveco, pero quedan pocas estrellas. La luz del centro las devora, las deforma, los edificios las tapan, la clave es mirar bajo, al ras de los ojos .
El brazo de la noche roza mi espalda y me invita a la danza de mis meteoritos mentales que inspirados se vuelven coreografías que asisto de lejos. Al menos existo me digo y sigo. Sostengo la terquedad de caminar, el movimiento continuo activa la mampara de aire entre mi angustia y el resto, entre mi muerte y mis sueños, entre mi cuerpo y mi desgano, entre el humo y la vida. Lo negro ennegrece y disimula todo, ensucia y acompaña sin pedir, comprende.

sábado, 11 de julio de 2009

MUESTRA DE FOTOS

Había un lustrabotas mirando pasar miles de piernas en zapatillas fuera de foco. Desconcertado. Un linyera de piernas mutiladas tapadas con bolsas de supermercado sentado en su silla al lado de un cartel norteamericano que decía la felicidad es posible. Caras de mujeres en primer plano con expresiones inéditas que resultaban estar haciendo levantamiento de pesas. Una bicicleta caída, salpicada de nieve o de ceniza de volcán en una tierra en donde nevar no existe y los volcanes transitan la existencia en silencio. Había la fotografía de asesinos sueltos, o presos en sus mansiones de lujo tras torturar sin arrepentimiento. Amenazadores, levantando el bastón, ya viejos, altaneros, defendiendo sus inescrupulosos principios aún hoy, sin llegar a pronunciar perdón. Las caras de las madres y abuelas de las víctimas tantos años después, viendo, llorando, escribiendo en sus puertas, a la salida de sus cárceles hipócritas. Una partera guatemalteca trepando un muro de cemento para llegar a una casa insalubre donde hacer dar a luz y en la foto siguiente a la beba ensangrentada entre sus brazos curtidos. El tren fotografiado a la hora pico y un espectador como yo diciéndole a otro de zapatos caros, claro que se viaja así, claro, y el otro que no sabía nada y que no. El mundo es así, bizarro, injusto. Hay jóvenes europeos que podrían vivir en Suiza, por ejemplo, pero se quedan en Latinoamérica dónde hay tanto para hacer. Les da vida, creatividad. Y es verdad que hay mucho por hacer. Había un fotógrafo que fue por Latinoamérica sacándoles fotos a hombres desnudos identificándolos sólo con sus oficios. Había un boliviano neonazi agarrado a su perro que dejaba ver sus adornos de esvásticas ordenados en una repisa. Había un gomero apoyado sobre una rueda de auto con su sexo colgando como una hoja de árbol, un hombre de mar sentado sobre su bote, un coya que tenía un poncho que le llegaba al ombligo, malabaristas maquillados, músicos vestidos de su instrumento, albañiles salpicados de su cal y estaba yo necesitando mi birome, buscando en la cartera y advirtiendo que la había olvidado, diciéndome por lo bajo que ésto no debería volverme a suceder, preguntándome cual será mi oficio, queriendo garabatear mis impresiones, apuntar mis cosas, sellar en palabras todo eso que miraba, la desnudez masculina desexuada, la desnudez que mostraba a la persona desprovista de sus adornos, lo superfluo corrido, su animalidad o su almedad, imaginando la escena de cómo el fotógrafo pedía a esos hombres que posaran desprovistos de tanto, viendo en el brillo de sus ojos su actitud ante sí mismos. Queriendo contar de cómo veía la identidad forjada por el hacer de sus actos, de cómo un militar retirado seguía cargando esa actitud amenazante y de cómo el botero parecía tener un cuerpo transparente, hecho de poesía. Y de cómo los que se sirven de sus trajes, desnudos, parecían ser un poco menos lo que eran y los que no los necesitaban, un poco más. De las intensidades que un hacer refleja en la piel, de las líneas de tensiones que esculpen el alma o los bíceps. De cómo veía en cada cuerpo desnudo la propiedad invaluable de un templo que elige a qué o a quién venerar.

sábado, 4 de julio de 2009

Como perritos domésticos necesitamos esa mano que nos dé de comer.
(al menos)
Y por dentro todas las manos que lo hicieron inscriptas como estrellas y orbitando.
Mi cuerpo una maraña de tensiones que busca la punta del ovillo.
(al menos no tejo)
No podemos solos. Es así.
Y eso duele intermitente, no cambia.
En silencio,
En traje y corbata,
Caminando hacia el bus.
Solos, no solos
Creer estar solos,
no poder estar con otros,
siempre estar.
Se acompaña y la pulsión es vamos, no me sueltes, amárrate a mí, pero no
Hasta el aire separa y une
Mueve.
No hay sitio-ojos seguros donde pararse
Todo es espejo
Somos pantano
(Oh maldita manía defensiva!
No poder disfrutar la osadía de ser del viento en una elipsis perfecta que me incluye con la premisa “orden inabarcable”)
La naturaleza puede llamarnos a nuestra esencia chasqueando los dedos.
Hacernos acordar.
La falta es reina
Hola.
Lo que no se sabe
Lo que no se recuerda
Está bien, acepto
Bienvenida nube de grises
Adios instante puro.
Hola clavo, agujero mío
Vamos a ver mi reflejo en los otros.

jueves, 2 de julio de 2009

El doctor Tiritas

El doctor Tiritas llevaba siempre como cinturón un elástico. Tenía una visera roja para que el sol no le hiciese reflejo y una valija con los colores del arco iris. Llevaba colgada de la hebra de una lana una libreta en la que anotaba todas las cosas verdaderamente interesantes que descubría y la libreta sí que era bien gordita. Llenaba una entera por cada mes y cuando las terminaba las guardaba en una caja de televisor que había forrado con terciopelo azul.
El último descubrimiento que había agregado era que la canción del payaso plin plin tenía la misma melodía que la del del feliz cumpleaños. Lo había descubierto justo ayer, pero hoy no había anotado nada. Y como todos los días siempre anotaba algo y ya era de noche, estaba triste.
Se desanudó el elástico y el pantalón le cayó como el chan chan de un piano, se desmontó la hebra de lana y dejó la libreta sobre la mesa ratona de al lado de su cama.
Se acostó y apagó la luz.
Era el primer día en doce años que no descubría nada.
Se preguntó si no será señal de estar envejeciendo y aunque no se supo responder se consoló pensando que el viernes tres de abril del año pasado había anotado dos descubrimientos: que las latas de mermeladas duras de abrir se aflojaban con un cuchillo y que escuchar su canción favorita con los ojos cerrados le daba hambre. Bien podría valer esa que había escrito de más por la que hoy no llegó, pensó, pero lo mismo no se podía dormir.
Se empezó a poner cada vez más triste.
Sintió miedo de creer que quizás pueda ocurrirle lo mismo mañana y otra vez pasado mañana y de no poder descubrir nada nuevo nunca más y comenzó a sudar.
Había curado a 757 chicos rematando cada una de sus curas con un chiste y un caramelo pero nunca se había enfermado, por eso es que cuando comenzó a sudar se asustó.
Llamó a su amigo Nonó, que apenas llegó volando en skate lo empezó a revisar detenidamente con una gran lupa que llevaba en el bolsillo izquierdo del saco. Terminada la tarea, sonrió. Le dijo que lo único que tenía era un gran NO estacionado en la frente y le prestó su gorra de pensar.
Le dijo, prueba con ésto a ver si te alivias y le dio un aparato extraño, tipo gorro con girasoles y una estrella agarrada de pelo de ángel.
Cuando el doctor Tiritas se puso el aparato en la cabeza sintió una alegría inmensa que le cavaba el estómago como un globo. Recordó las curitas con las que había curado a sus pacientes, las sonrisas de chistes con ruido, las notas de su libreta, la caja de terciopelo incluída su mancha de humedad y enseguida se le ocurrió algo maravilloso. Agarró la libreta y anotó: "Hoy descubrí que un amigo siempre tiene las palabras mágicas que necesito".

miércoles, 24 de junio de 2009

AZUL

Dios hizo a mamá para ayudarme cuando estaba naciendo y además porque es la única que sabe donde está la cinta adhesiva.
La hizo con magia y superpoderes y mezcló todo muy bien. Las hizo de nubes y pelo de ángel y de todo lo bueno de este mundo y una pizca de malo. Tuvo que empezar con huesos de hombres y después creo que usó cuerda.
Antes de casarse con mi papá quiso saber su apellido y si se emborrachaba con cerveza y aunque mi abuela dice que se casó con él porque no se puso la gorra de pensar, ella dice que es porque hace el mejor spaghetti del mundo.
Tiene esa cosa rara de pedirme que siempre limpie mi cuarto, eso le quitaría. Y los ojos invisibles que tiene atrás de la cabeza. Para hacerla perfecta del todo, ya sabes, su pelo, lo teñiría tal vez de azul.

lunes, 22 de junio de 2009

Partido batalla en la cancha cuerpo

Encendí la luz.
Ví que éramos 24. Me estaban los doce enemigos contrarios y los 11 de mi equipo jugando. Íbamos perdiendo. Reconozco que miraba de afuera el partido y que los dejé con un jugador de menos. Me puse la camiseta y entré. Me zambullí por el agujero del oído y resbalé por las trompas de Eustaquio. Mi doble función de jugadora y director técnico a veces me agota. Apenas entré hice un gol y al arquero al que casi no se le escapa ninguno de mis mecanismos de defensa lo dejé girando como un trompo por el ovario izquierdo.
Parece mentira que de sólo hacerse cargo la cosa mejore al instante.
Tuvimos problemas con un fau en la aorta mayor mal cobrado porque no hay referí, pero me impuse a favor y no se tradujo en ningún tanto. El jugador contrario que estaba en el cerebelo me hizo fuck you con el dedo, pero como es cosa de todos los días me dije, Qué mas da! y hasta me dio risa la expresión de resentido que le tiñó la cara, claro que para resentido el contrario de la vesícula biliar no tiene parangón y ese sí que si te toca te desintegra. El muy cizañero es tan poco inteligente que nunca cambia de lugar y vive ardiendo en constante y refunfuñando acerca de su perra suerte.
El partido me devino en ironía y le resté importancia. Jugué con la inconciencia de un chico que sabe que tiene las de perder y entonces mucho no le importa y se deja guiar por la rabia. Para mi sorpresa jugué mejor que cuando entro concentrada y queriendo hacerlo bien.
Al imberbe del cerebelo me animé a amonestarlo al segundo fack you y lo dejé anulado en el costado de la pleura, vino a discutirme y cuando lo vi de cerca reconocí al pedante rencor que lo vivía y le escupí. Jamás habría pensado que mi amigo Kargiman con la cara de mi padre era uno de mis contrarios, en fin. Igual ya estaba cansada. Aproveché el silbido del estómago y en el entretiempo me volví para afuera.
Había más sol.
Tomé un poco de agua para darle envidia de mi refrescada al de la vesícula biliar y me quedé de este lado, al fin y al cabo ya estaban iguales, pensé, y seguí tomando toda el agua que pude y les mandé una catarata.

lunes, 15 de junio de 2009

Toda yo transmutada en una tierra abonada de vos. Verte en fotos e intuirte. Destenerme y sentirte amor. Evocar el contacto de mis yemas en tu pelo, el paisaje de mirarte y el imán del abismo, la contracción de mi sexo como un estornudo que no entiende la lejanía. Siento que mi vida es el plagio de lo que no sé. Recordarte es lija pero también es suave. Mis días un esperpento erótico que aprendió a canalizarse. Mi cuerpo se abre. Mis rebanadas de sensibilidad rebalsan. Soy como un banquete desde vos. Si en este momento los ojos se me hacen vidriosos es porque desde mi invisibilidad sonrío y siento todo. Sos mi parte amputada, mi renguera invisible, mi destiempo clavado, mi irracional móvil, la rebanada agriadulce que me dio cara.

lunes, 30 de marzo de 2009

A los escribientes de por acá

Ando viviendo y tejiendo encajes clandestinos que se resisten a que pase por acá.
No sé que pasa.
Me juegan malas pasadas y sin embargo los extraño, extraño este mundo de secretos y vericuetos insobornables.
Se me ocurrió venir a saludar, venir a descansar un rato y escribir decorrido.
Visito sus sitios silenciosa, y quiero hablar y los vericuetos del encaje me hacen dudar los dedos. Ohhhhhhhhhhhh, perdón, no sé qué pasa, pero sepan que los espío cual admiradora secreta-pasional y que los sigo fielmente de corazón, no de cuerpo. Que mi cuerpo se reveló y que lo está disfrutando. Es que tanto desgano se volvió en contra y se lo llevó a vivir y me tiene acelerando de esquina a esquina sin tiempo. No es de preocuparse, pero mi melancolía se ha puesto celosa y ya ni habla, está ofendida además y cuando la escucho me da razones, pero yo ni la veo, me doy cuenta que se parece a un fantasma. No le digo nada, sino no me lo perdonaría nunca. Está pálida y transparente, cada vez habla más bajo, qué se yo.
Como les digo, no sé qué pasa, pero huele bien, a café quien sabe, o a pasta de domingo. El tiempo de los insomnios acabó, igual no quiero que se enoje, mi melancolía digo, ni ella ni nadie.
Los leo, los pienso, incluso tengo charlas imaginarias con ustedes o sus personajes que me viven después de leerlos, a todos gracias, por tanto, por ser parte de este enredo de palabras que desanuda con un beso de comentario cálido, perfume a carne que escribe, a entraña viva sensible, vaya a saber hasta cuando.

lunes, 23 de marzo de 2009

A VOS

Te amo. Me faltó decírtelo a la cara calculo que unas 407 veces más de lo que te lo dije, es decir decírtelo todo este tiempo en el que no te vi.
Te amo, decírtelo igual y que lo escuches por las dudas que te hayas creído que no, decírtelo y recibir el espacio vacío o no de tu respuesta. Estar con vos sin que lo sepas fue un error.
Decírtelo la cantidad de veces que me sea necesario hasta gastar la palabra y llegar a sentir ese sentimiento que se resiste tanto a aparecer, el sentimiento de sentir agotado tu amor, vencido, rancio y convertirlo en bello recuerdo.
Equivoqué. Me callé.
Creía que iba a dolerme más la recepción de la respuesta insuficiente que el silencio y fue un error creerlo. Quizás me hubiese dolido más de momento, pero el dolor de tu ausencia sostenido en la masa contundente del tiempo ha hecho estragos en mi persona, te ha erigido invencible e inalcanzable y a medida que más tiempo pasa, más me duele nítido y puntual en el centro, más me golpea con la violencia y la precisión sutil y exacta de una nota musical aterrizando también en el punto exacto del centro.
Calculo y recuento los te amo faltantes haciendo un promedio aproximado de uno por día, dado que ese venía siendo nuestro promedio de decirlo literalmente desde cuando empezamos a decirlo.
Te amo.
Tampoco sobreabundo la palabra con la intención de ponerme al día, no, estas cosas no son retroactivas ni acumulativas, sino que caigo en el exceso de ella para quitarme el miedo que me produjo en todo este tiempo que la escuches, para seudocastigarme diciéndola en abundancia por haberla encerrado bajo los candados de la omisión. Error.
Fue un error querer quitárteme de prepo, mentalmente, haberlo decidido y haberme creído capaz de hacerlo. Haberlo sostenido tercamente tanto tiempo desde las tinieblas. Antinatural. Contraproducente.
Te amo. Me faltó decírtelo y hago bien.
Lo valiente de estar dispuesta a tu respuesta incierta no es bueno por lo valiente sino por lo eficaz. Acepto que te amo y te lo digo para tropezarme con mi propia estupidez y ayudarme con ella para ver. Para quitárteme en el mejor de los términos.
Si fueron tus formas las que me embrujaron, serán tus formas las que me desembrujen. He probado todas las maneras y quizás la manera sea la no manera.
Bajo todas las guardias y las estrategias.
Pronuncio desde mi boca especialmente dirigido hacia tus oídos lo que en sueños me ha venido dado para hacer. Lo digo. Hablo para que escuches, para que sepas, no hago fuerza contra nada, recibo lo que sea que tenga que recibir, recibo, no me quedo dando vueltas en un círculo inexistente dibujado por mí que sólo me devuelve el reflejo agigantado de una desesperación inútil.
No se puede tirar piedras hacia un lago inventado porque no se ven los círculos y entonces uno los imagina perfectos, concéntricos, exagerados y los círculos de una piedra arrojada a un lago no son así, son como se ven, imperfectos, distintos, irregulares, dependen del viento de ese momento, de la luz, de la velocidad de la piedra, de la energía del brazo. Hay que ver. Tengo que recibir la vuelta de la energía que lanzo y el único modo es mirando a la cara. Humillación es lo que hago conmigo adentro del círculo.
Te amo y lo diferente es que estás escuchando. Y que algún escalón de miedo me resigno a bajar. Me debilito en apariencia y sin embargo siento que ahí está la fuerza.
Quítate de mí por favor o corre a alcanzarme.
Me retiro mi amor, ahora sí, quiero vivir.

domingo, 15 de marzo de 2009

SABADO NOCTURNIDAD

Salgo.

El silencio me dice noche oscura y camino sin nombre, acogida por el vacío compartido de esa parcela de agujero negro que es la noche.

Camino junto a un cuerpo armónico que me guía sin tener noción del parámetro de su enigma ni del mío.

Escucho sinfines de gritos sublimados en humo de tabaco y adhiero al engranaje con uno más. Respiro ese aire denso, que huele a ardor de herida y que finge no serlo.

La veo empezar tímida, sin promesas, despoblada.

Seguirá llena de nadie pero ahora se oye casi sola y es mentira.

Se prepara.

Ya está dibujado su círculo vacuo delimitando la zona a perderme, quizás, en algún rincón anestesiante,
el vértigo de todos,
el único sabor de la noche.

Camino, sigo.

El aire llama y crece.

Convoca a la búsqueda de ese algo que falta y que sólo puede irse a buscar en la noche.
Vienen.
Comienzan a encimarse,
los enjambres se organizan por sí mismos adentro y afuera, sigue la lógica del enjambre de la noche, los círculos concéntricos que rodean el centro del punto de la piedra que cae en el agua se abren, y cada uno en su cada cual crece y la noche crece.

Sube el volumen la masa de nadie, viajeros atenuantes de la vacuidad noche, corazones clavos, marcas encorcetando cuerpos llenos de verdín, fragancias importadas, aquelarres de adolescentes sentados al cordón, lágrimas rebalsadas en carcajadas o bocanadas de alcohol.

Camino.

Los tacos me devuelven la estridencia de todo este cuerpo en balanceo hacia algún lado
y sigo.
Camino junto a un cuerpo armónico que me guía sin tener noción del parámetro de mi enigma, ni del suyo,

pero
la noche me acaricia el pelo con guantes de lejos.

Siento su mano en la espalda toda la noche.

Le agradezco.

sábado, 21 de febrero de 2009

BLANCO

He olvidado todo. Sólo recuerdo aquello que insiste en hacerse evocar y al rato desaparece. Aún el odio. Recuerdo lo que olvido sólo en casos de fuerza mayor y de extrema confusión. Ahora no hay nada. Hay todo blanco, por suerte. (Si hubiese sido negro costaría más.) Todo está por llenar. Pero todo, lo que se dice todo, cosa que podría ser un problema o una virtud, depende. Depende de si se está en stand by demasiadas más veces de lo que se debería estar (problema) o si uno está tan grande que es como un niño que sólo se construye de presente (virtud) pero cómo saberlo siendo tantas?

Tampoco quiero adentrarme demasiado en esta pregunta porque nada de lo mental sabe más que mi inteligencia emocional, entonces no me cuestiono. Me dejo olvidar. Me dejo en stand by. Siento los porqués y sonrío, como sonríen las milanesas al ser arrojadas al aceite hirviendo, porque sonríen. Una vez que dejaron de ser vaca, qué mejor que ser el manjar principal de unas buenas papas fritas, aunque queme un poco?

Sonrío.

Vienen a mí fragmentos oníricos sin formas demasiado precisas que no sabría describir. Todo es precariedad. Ni siquiera hay una reconstrucción involuntaria clara, se escucha el sonido efervescente de mi coca cola cerca, algún ladrido de perro y eso gana. El olvido es conciso y cualquier estímulo real se impone al limbo reinante que me corona. Lo llevo bien. Ante la duda viajo por el continente de todas las que fui sin detenerme demasiado en ninguna parte. En ritmo vertiginoso, casi inteligible. Sólo sé que fui muchas, no hay detalle. Flashes que no podría decodificar ahora, o sí. Hay signos, caras exactas, intensidades emocionales que de un simple pantallazo panorámico dicen novelas enteras y no quiero explayarme. Porque no voy hacia eso, sino al mecanismo que me higieniza constantemente de eso y me hace fluir hacia por lo blanco. Y me deja en blanco, en stand by, como haciéndome perdurar en eso para tener que llenarme de nuevo, cada vez, como la primera vez.

jueves, 19 de febrero de 2009

COLLETE

Collete tanteaba los utensilios de cocina y se preparaba lo indispensable para sobrevivir.
Enjuagaba el tomate justo lo necesario como para quedarse en el centro exacto de la duda de entre que no estuviese lo suficientemente limpio y que pudiese intoxicarla, o de que, quizás, estuviese lo suficientemente libre de impurezas como para que lo tolerase.

Recalentaba al menos cuatro veces la salsa que cocinaba semanalmente para las pastas, sabiendo que no debía hacerlo más de una vez por las toxinas de la putrefacción que podría generarle el microondas a la salsa. Pero nunca se había intoxicado.

Vivía en un barrio peligroso y lo mismo optaba de acuerdo a la vacuidad de su estado por volver en remís o por esperar en plena noche el colectivo en una esquina desértica y caminar las cuadras oscuras hacia su casa desprotegida y tranquilamente pasada la medianoche en total calma entregada a lo que tenga que pasar.

Ella sabía lo que hacía y no estaba segura de pensar que estuviese mal, aunque a veces lo pensaba. Otras en cambio pensaba que estaba bien, que las cosas que tuviesen que pasarle le pasarían de todos modos. Tampoco era que lo hiciese por despecho.

Muchas veces, también, era de sentir que aún teniendo mucho sueño, lo mejor era no dormir y se ponía a garabatear en una hoja las anotaciones de sus contradicciones para hacerse compañía. No había nada más que le gustara hacer, era lo único que la sacaba del tiempo por propia voluntad.

Y ella buscaba eso.

Esto le pasaba desde su ruptura con él, a quien recordaba cada día al menos 11 veces desde hacía un año y dos meses.

Se habían separado del modo más minimalista. Ella le había enviado un mail que decía, “Me retiro, adiós.” y a los dos días, él le había respondido otro que decía, “Entiendo Collete, como si fuese tan fácil”.

Jamás pudo comprender qué podía significar aquello de que “entendía”, ¿qué será lo que habrá entendido? se preguntaba, pero le satisfacía la idea de que le haya expresado aquello de que le iba a ser difícil...
(continuará)

viernes, 13 de febrero de 2009

TRUCHAS


Toda organización social se basa en conveniencia particular.

La emancipación de la individualidad es la única esperanza de libertad.

Ahí en nuestros deseos yace muerta la llave que abre la arcada. Habrá que resucitarla. Es mucho más complejo que hacer la revolución, la paz o el amor.

No hay salvador fuera de sí.

La idea fija es la que dicta la acción y la vuelve deseo irrefrenable, estrategia, necesidad, camino, sentido, realidad.

Dime tus mitos y qué haces por ellos día a día y te verás al espejo. Dime en qué crees y te dirás quien eres. Sólo el poder transformador de nuestros actos nos irá puliendo en la espesura.


...


Había una vez un navegante nacido en las tierras de una isla habitada por gente temerosa del mar.

(Que ni siquiera pescaban por el temor de revolver las aguas)

Se decía que las aguas, llegada la zona de las corrientes, engullían hacia lo profundo a quien sea que las cruzara. Y que revolver el mar era señal de desgracias. Por eso es que estaba prohibido introducirse en él, incluso hasta pescando.

Hacía mucho tiempo que su naturaleza lo llamaba a la navegación y que construía una barca que pretendía navegar.

(Había mirado el mar 325.000 horas, se llamaba Hanks e incluso había pescado de contrabando y comido trucha sin malestar.)

Llegó el momento en que estaba preparado, con sus ansias a punto. Tenía la barca lista, una cartilla de la zona que había dibujado cuidadosamente, una brújula y provisiones.


Hanks trató de conseguir tripulantes para su expedición, pero todos rechazaban el desafío y lo tomaban por loco. Le decían que moriría irremediablemente, que lo olvidara, que su destino era la quietud y el aceptar de buen grado la belleza de la tierra. Pero el capitán tenía alma de mar y si no conseguía tripulantes estaba decidido a hacer el viaje solo, desconfiaba de las habladurías malignas de las aguas y quería navegar. Amaba el mar. En tal caso, se decía, moriré por mi causa y lo haré con honor, ya que estoy plenamente convencido de mi necesidad de mar, acá en la tierra moriré de hastío y no podré compartir con nadie mis verdaderos pensamientos y corazón.
Y zarpó.

Era la madrugada del 3 de febrero del principio de los tiempos.

Nunca se supo más.
Ninguna noticia llegó a la isla. El capitán jamás volvió. Lo dieron por muerto. Los jefes alzaron la sospecha de que había sido devorado por los buitres, fortaleciendo la leyenda del poder engullidor del mar y de sus peligros.

Un día un niño juró ver la barca de un hombre solo flotando apaciblemente a lo lejos y a lo primero que atinaron fue a bajarle la fiebre, pero el niño estaba sano y seguía hablando de aquella barca que todos asociaban a la del capitán Hanks. Entonces intentaron por todos los medios, hacerle entender que aquello era imposible y que seguramente debía de ser una visión imaginaria, pero el niño insistía en su visión y juraba su veracidad contra todos los argumentos.

Los jefes de la isla vigilaron las costas por turnos durante semanas enteras ante la insistencia del niño, pero no vieron nada y lo obligaron a desdecirse de lo dicho públicamente, cosa que el niño hizo, pero sus ojos eran tan límpidos y sinceros que dejaban ver claramente que igual seguía creyendo en lo visto.
Los jefes sabían que a sus espaldas una gran ola de agitación corría entre los habitantes de la isla que se interrogaban por la veracidad de la barca del viejo Hanks, por lo que hicieron correr el rumor de que el niño enloquecía y todos los habitantes comenzaron a tomarlo por loco, porque no había quien al escucharlo, mirando sus ojos, no le creyese. Y lo tomaron por loco para no tener que mirarlo fijamente.

Entonces el niño comenzó a sentir el llamado de su naturaleza de mar y comenzó a construir su propia barca en secreto hasta que se hizo hombre.
Sólo quería dar con la barca del viejo Hanks y unírsele. Su imagen lo recordaba como el ser más pleno que jamás haya conocido, y del mismo modo trabajaba en su barca para serlo, atrayendo a otros pocos que se le unieron en secreto a su creencia.

Llegado el momento en que estaban preparados, zarparon de la isla juntos dejando una carta en cada puerta que decía:

- Somos tres continuando el intento consumado de Hanks. Lo hemos visto y allá vamos, pues tenemos alma de mar. Hemos pescado y no ha pasado nada, hemos cocinado pescado y sabe más que bien, hemos saludado a Hanks varias veces y él nos ha saludado. No hay temor. Adiós.

De locos pasaron a ser tildados de revolucionarios.
El temor al mar trocó a signo de interrogación.
Los jefes de la isla quemaron las cartas ante los ojos de todos diciendo que éstas eran las desgracias que traía el mar revuelto por la mano del hombre: atraer el tiempo de las dudas. Interrogaron a sus allegados, cercaron a sus familias, vallaron el mar y fortalecieron el mito de las aguas engullidoras, con la introducción del personaje sirena y su atracción seductora, maléfica y cegadora por lo que aconsejaban, además, ni mirarlo.

Resultaba ser que hacía rato cenaban truchas en secreto y planeaban construir un acueducto hacia el continente para comercializarlas.
Eran verdaderamente exquisitas.

domingo, 1 de febrero de 2009

ESCARCHA

Me revientan de leche los pechos.
Me han mamado varios corderos reproduciendo mis litros internos, mi instinto maternal.
Ahora se fueron.
Vomitaron mi cara y se fueron y me dejaron doloridos y aguados los senos
Malamados y baboseados los senos
Y me dejaron ferocidad.
Yo había aprendido la tibieza de sus bocas y sus mordeduras fueron veneno desvariado.
Yo había sentido el calor de sus cuerpos acomodándose contra el mío, ahora el frío de la ausencia violenta es de tumba.
Yo había acariciado sus cabellos, había respondido a sus miedos, porque sus cabelleras eran una caricia que desllagaba mis manos, porque sus preguntas eran arrullos a mis oídos, agua.
Ahora silencio, manos desacariciadas y mordidas y vomitadas y abandonadas violentamente en un frío de tumba.
Escarcha.

miércoles, 21 de enero de 2009

CARENCIA

Sostenerme en la carencia constante
tibia
perpetua
suave.
En este deambular forzoso sobre la nada con una sonrisa de viento.
Discurrir con el aire cualquier otra apreciación.
Ser y dejarme a no ser.
Percutir el umbral del vino.
El clavo no se entrega enteramente a la madera o dejaría de servir, así como la vida no se entrega enteramente a la vida o dejaría de ser vida.
Momento a momento.
Como el ave que migra de calor en calor para anidar o el sol que viene para irse lento.
Con intermitencias.
Así como cae la lluvia de pausada entre gota y gota,
entre viento y viento,
la palpitación un rato.
El silencio para que ocurra la mirada.
El hueco antes del encuentro,
el escalón del no tacto, para el contacto.


De pequeñas muertes estamos hechos.

domingo, 11 de enero de 2009

ESTRELLAS



Vang Gogh dijo: Tengo una gran necesidad de religión... entonces salgo afuera, durante la noche, a pintar estrellas.
Yo digo: Tengo una gran necesidad de religión, entonces te encuentro ahora y nos besamos estrellas en la boca.

Mediodía pasado del 14 de diciembre del año octavo del siglo 21: Hoy un milagro ha acaecido en el tiempo y se ha incrustado en el mundo haciéndolo mejor.

(Ganas de moverme despacio para que no se deshaga el hechizo, por las dudas, menos por un movimiento brusco de mi lado.)

14.
La madrugada del 14.

(Todavía no logro despegarme una risa que parece ser congénita. )

Voy hacia atrás, muy atrás, muy rápido y avanzo más que siempre, más que nunca, hacia todos los tiempos. Soy inmortal. Soy todo el universo, si lo pienso. Me remonto a la fuerza de lo que fue vital y se creía perdido.
Soy todas las que fui y sólo soy, no hay otro espacio. No tengo historia.
No hay segmentos de nada, no hay manchas, ni grietas, ni ser más inmenso que yo, hoy acá, sola en mi casa vacía y nueva, soleada, escribiéndote, tratando de que no se me olvide nada de este milagro que yo ansiaba vivir antes de morir para sentirme incrustada en este maldito bello mundo. Y entonces te encuentro y nos rebalsamos estrellas en el oído, risas de estrellas en cielos irreales de colores fuertes, tornasolados, definidos, fluorescentes.

Se me caen los sueños, podría regalarle uno a cada uno que quisiese uno, sólo un sueño de esta medida para tenerlo todo, para ser todos los hombres y todas las mujeres y todas las horas de todos los tiempos.

Hoy el universo está más limpio, no puede no notarse, no puede todo ésto no irrumpir sobre el hastío. Su fuerza de lanza artesanal destroza las barbaridades, eleva a la categoría de milagro lo bello elevado a la potencia de lo posible.

14 de diciembre del año octavo del siglo 21.

(Faltan 15 horas para pintarte estrellas en la boca, en los párpados, en tus cejas, en tu oído, en cada poro de vos, en tus sueños, en toda tu poética. De amar y rozar y dibujar cada milímetro de tu inmensidad. )

Me gustaría que el Apocalipsis quisiera ocurrir para sólo mirarlo y que nos vea y se arrepienta.

Me gustaría regar tu mapa de estrellas.

Todo tu mapa, de soles, de lunas, de campos de girasol, del vino de la copa que tocó tu mano, la copa de tu casa que voy a conocer mañana.

(Mañana retumba con el eco de una caverna profunda y arcaica cercana a alguna playa sin tiempo. Mañana es todas las palabras, mañana es el velo que se descorre hacia el infinito y el telón del escenario de mi mejor acto. )

Escribo desnuda, recién bañada y sobreabundo. El pelo me chorrea sobre la pierna, mi espalda encorvada se rinde a buscar entre las teclas algo. Pienso en mi taquicardia, en lo que debería estar haciendo y no puedo hacer, en que no puedo hacer nada más que lo que estoy haciendo, reconstruirte, reconstruirme, segmentar segmentos, cortar fotos, recortar, pegar, unir, transcribir, reconstruir, regenerar, resaltarle los bordes con fibrón, decorar, desalterar el poco brillo que le quedan a las palabras dichas así, siendo tan poco poco, tan poco dignas, tan pobres y esmerándose como pueden, buscando el germen sin querer, sólo queriendo asir, queriendo acumular, queriendo armar la torre, la torre que no estaba y ahora es mi más alta, mi única, mi siempre, mi fortaleza, mi marca, mi inmortalidad precaria.

Unir, hilvanar, coser, fortalecer costuras y a su vez dejarlas lo suficientemente flojas como para que respiren.
El escalón del no tacto, del viento en la cara de la espera ansiosa, la incertidumbre de cómo será que pasarán las 15 horas que faltan para… no sabría cómo decirlo, para… ser más ésto que soy acá, ser estar, constatar, pellizcar, que grites, ver cómo te reís, si te reís, tu voz al natural, tus manos cómo son, tu piel, sentir tu sexo, tus curvas, tu ruta, tus imperfecciones, besarlas, divagar, leer, delirar, curiosearte, para volverte a anhelar.
No acabarte nunca, verte por millones de espejos multiplicado, adivinarte, intuir en tu infinito el mío y resucitar al tercer día de entre los muertos para honrar la verdadera potencia del poder de la grandeza de la infinitud del milagro de ser humano.

Y ser la maga, poder ser la maga habiendo sido la maga siempre, mi maga en tu casa pequeña llena de libros. Tomar vino, emborracharnos en tu cama y seguir, y poder más y que nos venza el sueño, abandonar dormidos entre tomos caídos, caer vencidos, amarrados, revueltos, revolucionados, piel y piel, olor y olor, juntos, remezclados, devorados, entre tus susurros en mi oído, entre mis jadeos y los sueños y el milagro y el humo y más cigarrillos y más vino y tus palabras soplando estrellas al oído y mis jadeos y el aire y el infinito y tu gato, saber si tenés gato, y no poder parar, como ahora, cambiada, nueva, pagana, saciada, llena de ganas, de taquicardia, jadeante de imaginarte, tecleando sin parar, sin querer, sin poder despegar, abultando en mi cabeza todo lo que no pude hacer y debí hacer que sé que se amontona, lo que tendría que haber hecho que ahora tengo que hacer y que voy a salir corriendo a hacer, llegada tarde por contar.
Porque que no me gane mi torpeza y que tenga la razón él, de que sí, de que puede ser.

lunes, 5 de enero de 2009

Si una vez...

Si una vez fue, ocurrirá, me digo
¿Pero cuándo? ¿Cómo soportar/se?
¿Cómo fundar la ética que sostenga, que me sostenga
hasta tanto ocurra la luz de ser a pesar de todo, ser,
la mujer poderosa que es y sigue siendo a pesar de todo,
sigue siendo/haciendo?
¿Cómo ser?

lunes, 15 de diciembre de 2008

AÑORANZA



Soy el abismo que me engulle según la ley de presión atmosférica de turno.
Ahora soy de goma, verde.
No por esperanza, sino porque me estiro por la maleza hasta su cara y lo acaricio igual
Aunque no esté, aunque no sepa, aunque se haya olvidado…


Soy el anhelo perpetuo de aquella moneda caída en el hueco inaccesible de la alcantarilla del azar,
el sentido pésame de lo que no fue y quise que sea.
Trastabillo con poco y siempre por lo mismo. Con la misma piedra que pega en la misma rodilla, en la misma parte de la misma rodilla, pero que duele distinto.
Vuelvo como roldada a seguir girando sobre aquellos rieles fuertes, perdidos, abismados.
Mientras, el tiempo se mide en ceniceros colapsados, en cantidad de canas y en ciclos aparentemente cumplidos,
pero es que nunca ha pasado.

Vuelve al anhelo de lo que debió ser como una constante que llama a eso y sólo a eso.
Desde el silencio rotundo y la soledad más íntima.
Soy esa que dejó de ser ahí, parada en la impotencia.
Niña llorando por su juguete roto,
que en vez de llorar hasta que no queden lágrimas
se disfraza de obligaciones para seguir como si todo fuese superable.
Pero que adentro algo se le destroza inexorable
que hasta que no muera seguirá vivo,
llamando, engulléndome en el abismo,
que hoy es maleza, lejana, que me hace impertinencia de goma
para acariciar su cara con una caricia de manos y piel inventada
que dirijo hacia él
como símbolo de añoranza
de lo mío más bello que no fue.

lunes, 1 de diciembre de 2008

INOCENCIA


Veo la foto de la que una vez fue inocente.
Me miro.
Melancolizada por el reflejo perdido
Llevo un puñado de papas fritas a mi boca.



He dejado de ser divinidad,
de creer en todo, absolutamente en todo.
Paso a la esclavitud del deseo.
Al descreimiento cotidiano.
A la falta.
A la nostalgia.
A la putísima responsabilidad de elegir
Y a la grandeza de poder, quizás,
manejar la guillotina que tantas veces me cae en la nuca,
fatal…
A la maravillosa espantosa zona utópica posible de libertad condicional…

Si yo…
elijo bien.
Nunca siempre
A veces
Quizás
Más papas fritas.
Sal.
Suspirar.
Pasar a la foto de él.
Espiar.

Acá ya, un trago de cerveza largo.

Y el aire no cambia
El viento se agita si quiere
Las estaciones se suceden
Aunque fume
Aunque el cenicero esté colapsado

Solo yo
Cambio
Siempre

Viéndolo desde los diferentes puntos del círculo vaso

Céntrico

Clavado

Incrustado en el medio

Escrito en su pelo

Acá fui
INOCENTE.
(Entre otras cosas)

jueves, 27 de noviembre de 2008

EL MISTERIO DE LA PUERTA MALVA


No abras esta puerta.

Aunque te sea inevitable.
No lo hagas.
Lo inesperado ocurrirá
.
Si la curiosidad te revienta los pechos mirá hacia lo negro y contá hasta 100.
Pero no la abras.
Ni siquiera te preguntes de dónde es que nace su fuerza de atracción.
Aunque te sientas llamado a ella contá hasta 100. Hasta 1000 también.
Probá tu necesidad evitando mirarla.
Si persiste, aumenta el conteo hacia el infinito.
Nada sensato ocurrirá.
Si la necesidad continúa estás perdido.

Tu mano rozará delicadamente el picaporte y no habrá vuelta atrás.

lunes, 24 de noviembre de 2008

SONATA EN DO MAYOR DE CINISMO FICCIONAL

Voy a minimizarte. Devolverte a la categoría humana. Te incrusto en medio del gentío, te visto de jean y remera, te compro un celular, hablá! hablá como todos. Mezclate, dejame buscarte, no vengas de nuevo en sombras, dejame buscarte así abro los ojos a lo demás. Dejame combatirte de algún modo, dejame golpearte los dientes. Dejame borrarte. Luchame, odiame, puteame.
Decime la verdad.

(Eso alcanzaría.)

Dame marcas que me degraden, necesito el castigo de tu mano. Quiero incendiarte el pelo para que quedes marcado y pelado y me dejes de gustar, escuchar barbaridades de tu boca, patear tus escombros hasta que me salgan llagas en los pies. Ya probé todas las fórmulas. No hay conjuro que desconjure. Tengo una pulsión violenta que rebalsa. Que no se vuelve nada fértil,

(mentira)

que quema.

Un odio ancestral de desamor.

(Verdad)

De incompatibilidad y destiempo.

(Verdad, verdad)

Mi soledad es un receptáculo de flores al reverendo pedo porque no las puedo oler. O será que son cal, ojos bizcos que me miran, cíclopes amenazantes, aquelarres de mierda.

(No creo.)

Por qué estúpida razón no me lanzo a la vida?

(Ya sé que soy yo, pero voy a hacer foco en otro, un rato)

Por qué sostengo esta farsa de echarte la culpa a vos?

(No sé, no sé)

(mentira)

Quiero un culpable para guillotinarle la cabeza.

(Que alguien me dé un culpable.)

Te elijo.
Nadie me da nada y te elijo.


Quiero morderte la mano, comerte los dedos, masticártelos. Descuartizarte las extremidades, escupirte los restos y verte la cara que te queda ante tal mutilación. Castigar al cerdo. Muerte al cerdo. Muerte a lo muerto. Muerte al ausente. Muerte al fantasma, a todos los fantasmas de este puto mundo mío pequeñito. Muerte al cerdo. Muerte al miedo. Solo es mi miedo. Que quede solo y así sea. Aunque raspe de seco. Mis vientos y yo. Mi piel y yo. Mi sombra sin vos. Muerte al cerdo. Perdón mi amor.

martes, 18 de noviembre de 2008

VUELVO


A es a B como mi incapacidad para contar lo que me pasó en estos días es a equis. Y la ecuación lleva complicaciones decimales severas pero algo tengo que contar, me lo propongo.

Podría decir primero que mi hijo no quiere ir a comprarme yerba en este bendito momento y que eso me dificulta la tarea. Que acusa que es el mediodía y que no quiere que desayune a esta hora. Igual no me sirve. Acaba de decirme ahí voy.

Por lo pronto hasta que no llegue un mate humeante a mi boca no voy a llegar al nudo de la cuestión, pero sí empezar con los suburbios. OK. Tiene que ver con eso. Con la energía erótica-revolucionaria que te hace creer o decir la palabra amor. Error. Digámosle mor. (Nunca debe pronunciarse por completo, nunca debe ser leída por completo, nunca se abuse de ella, nunca se la desee en demasía, nunca se la violente, evítela. Haga como que no está. Es una palabra que ocurre, que solo debe ocurrir, nombrarla es su talón de Aquiles. Porque nombrarla es limitarla, es darle contornos, es ahogarla, es achicarla, es concientizarla. Concientizarla es fabular según la maldita conveniencia individual y con eso descuartizar el embrujo perfecto).

Eso digo yo y me va bastante mal, así que para qué seguir?

Cómo hablar de esa palabra si digo que no hay que nombrarla, que no hay que concientizarla, que no hay que siquiera imaginarla en lo posible, cosa que me es imposible, cómo no sentirme desconcertada una y otra vez? Y he aquí un festejo. De nuevo la creencia, mi creencia. Eso es bello, volver a la adolescencia, qué bálsamo, nervios, sudor en las manos, taquicardia, risa que rebalsa. En fin, renuncio a mi visión de cronista y no decepciono porque nunca lo he prometido. Contar el nudo sería posible si hubiese llegado la yerba, pero el kiosco le resultó impenetrable al pequeñín que ha vuelto con las manos vacías por motivos que no vienen al caso. Contar el nudo sería algo así como… un moño rojo, una metáfora, porque en la conjunción de dos seres se necesitan particularidades infinitas para creer asir relativamente solo un poco a la cuestión, cosa que sin el mate y ya lo dije, me es imposible.

Una lástima.

Romper el desconcierto y escribir algo que por suerte será leído por alguienes es decidir decir algo relativamente concreto y trascendente de la forma adecuada. Hablar de los rebotes que la palabra en cuestión realiza en cada mente, en cada cuerpo, en cada cara, en cada sueño de alguien, sería transcribir un tratado de posibilidades infinitas y no quiero.

Claro que no quiero nada más que contar algo, quizás, ambicionar adivinar ese, aquel nudo, tal vez, quizás, con alguna palabra digna... Igual no puedo.

No la amarro.

Desde que estoy acá sentada pienso en el mate faltante y las letras se reparten solas por lo blanco como jugando a no decir. Bien. Es eso.

Hay un viento exagerado y me encantan los ruidos que hace, son fantasmagóricos y eso me remonta a mi infancia, donde abundaban las sensaciones y no había tantas palabras, donde las palabras eran como cuadros de rompecabezas para ser usados en cosas pequeñas, en juegos simples dónde lo que se ponía en juego era la creencia, la fe ciega, donde toda funcionaba bien y no había huecos ni pretensiones más que las de algún juguete, golosina o paseo para redoblar la magia. Porque uno siempre era mágico, me acuerdo que no faltaba nunca a la cita con mi cuerpo, ni con mis sueños, que los sueños eran actos que se dirigían hacia donde se apuntaba, que no había imposibles, porque se volvían posibilidades rotundamente posibles casi al instante.
En fin.
Tiene que ver con eso.
Pero debo abandonar y retirar las milanesas del horno, al fin y al cabo él tiene razón y en mediodía se debe almorzar.
Y si lo dice un niño, es.
(Verborragia, sólo verborragia, que no se crea que me he sentido la maga)

sábado, 8 de noviembre de 2008

REVUELTO DE SABADO A MEDIANOCHE



Romper tres huevos contra una pared blanca.

Remezclarlos con las manos hasta esparcir por la superficie de suelo a techo.

Espolvorear con azúcar.

Refregarse por la pared al desnudo cosa de lograr un masaje exfoliante de cuerpo entero.

Incrustar ambas manos en dos paquetes de harina leudante a la vez.

Arrojarlos hacia los distintos puntos del preparado incluyendo cabello y bordes.

Esparcir por la superficie adherente bolitas de frutos secos más todo líquido convergente en el acto.

Verter la masa homogénea en restos de loza blanca estrellados sobre el cemento.

Decorar con lechuga.

Elegir acompañamiento musical a gusto.

Complementar con cazuela de congrio.

martes, 4 de noviembre de 2008

CIRCULO





Círculo de tiza sobre el piso
Yo en el medio

(Cierto vértigo con lo de afuera, una picazón en la frente, la lista pendiente en el bolsillo y el mp3 con los doors, me quedo)

Cierro los ojos.

(para expandirme)

Cierro los ojos y veo el mar, el sol, la playa, él que viene y me saluda en posición de elongación, corremos, trotamos sobre la arena húmeda, charlamos, me cuenta, le cuento, nos salpicamos.

Lo veo.

(Claro que no es real, desde ahora invento por alimento)

Es jueves
Está cercano el atardecer

(Después de trotar nos sentamos en la arena, nos miramos, nos da risa porque sí, todo. Somos como adolescentes incendiados, él me roza el escote con el dedo y yo le digo que quiero tocarlo a la noche debajo de la mesa del restauran)

Nos besamos

(Me acaricia la cara, me cuenta su sueño, que soñó con almejas, yo me río, escribimos la arena)

El tiempo es tus ojos
(Dice él)

Yo me río. Le propongo una carrera. Me agarra de la cintura, se me tira encima, me dice hasta dónde y me da un beso de lengua.

Yo no respondo, porque todavía sigo en el beso que se hace largo. Abro los ojos, lo espío, sigo besando y veo que el sol está todo rosado por la mitad, le digo mirá. Me hace caso. Miramos. Largo rato miramos. Le digo mirá!

Todos los días un amanecer de tu mano

Me tapa los ojos, forcejeamos y agrega:

Y de tu pelo y de tu boca y de tu lengua y

Viene el agua. Nos paramos. Con la vista para abajo, las olas deshacen de a poco las letras, las manos enredadas, los ojos color de tarde en ocaso, y justo me levanta antes de que la ola me llegue al pié. Lo abrazo, me lleva corriendo, me río, me dice te amo. Grita, empieza a gritar, yo también, Quiero puré gritamos, quiero fernet!!!!! Y caemos sobre la arena seca como si nunca nos hubiésemos tocado.

sábado, 1 de noviembre de 2008

EL HOMBRE QUE TENIA UN TEMOR


Vi a un hombre grande.
(de voz gruesa y músculos de hacer,
de pelo de rastras y corte exótico)
He conocido al hombre que no teme,
al que ha vencido a su propio ridículo.
Es payaso.
Y con la risa ha desbloqueado al mismísimo él mismo.

Y después de soñarlo cuatro noches
De amarlo en sueños y todo eso
Volví a su casa y le conté la verdad.

Me dijo:
"Sólo temo a la mujer que afirme
haber visto en mí a un hombre grande,
que crea haber conocido al hombre que no teme,
al que haya vencido a su propio ridículo.
A la que vea en mí al payaso
que con la risa
crea haberse desbloqueado al mismísimo él mismo."

Y me dejó helada.

Por supuesto lo nuestro no prosperó.

miércoles, 29 de octubre de 2008

INTENTO 411



Incrusto la punta afilada haciendo el surco del espejismo que quiero ver.
Rayo la realidad de atrás y empiezo después.
Dejo un renglón.
Lo relleno de negro.
La bic se resiste a lograr la superficie uniforme. Lo intento por horas y las rayas que sobresalen imponen las marcas de lo inconcluso, texturas desiguales de líneas encimadas que se cortajean entre sí, con claros y oscuros irreconciliables.
Cavo una grieta.

Un agujero en el costado izquierdo del renglón se abre como prueba escalofriante de mi empecinamiento ciego.

Arranco la prueba infame de mi fracaso.
Las evidencias tristes son receptáculos arrancables.
Troquelo la zona y arranco.
Se respira escalofrío.

La hoja cae al piso del escenario de mi conciencia que requiere cambios en la iluminación.
No hay escenografía en el triste teatro de mi tara.

No hay espectador que resista tanto grito estirado en vocales inertes que suenan inaudibles en una mueca mímica que nadie presencia.

La fastuosidad de mis sensaciones se visten de miriñaque y esconden escombros fétidos y aromas de sexo penetrante.

Deshilachada por el vestuarista, mi blusa da pena y añoranza. Cuando me la toco, lloro y lo invoco y a su vez la manoseo y la deshilacho cada vez más, los botones se fueron perdiendo en los ensayos y ahora abre sus compuertas cuando quiere y deja ver el corsé de masoquista que me han puesto.

Incrusto las palabras insufribles como un intento insuficiente siempre harto de sí y gélido como un cubito de hielo queriendo ser té.
Lo intento cíclicamente para existir etérea en mí, por dentro. Y por fuera mi mente te fosforece y te presencia y te espanta y no te suplanta y se queda clavada en el centro de una circunferencia marcada en la arena que delimita la zona a no cruzar por nadie más.
Y nadie viene para acá.

Solo existo etérea y dramáticamente en mí. Hasta el director me ha dejado varada en mitad de la representación, con el texto a medio decir, balbuceándome la boca un adiós jamás pronunciado con escucha alguna.
Sólo acá puede incrustarse con mi bic, lo no dicho, lo no vivido, lo no sentido.
El hueco de la incontinencia.

Y amasar toda esa pasta con uñas y dientes, dejarla levar, unir todos los venenos que me han sido inyectados y expulsarlos de mis entrañas, exorcizarlos de mi universo, remezclarle las partes con todas mis cucharas y pinzas, hacerlo una masa compacta, lloverlo de harina para que no se me pegue ni en los dedos y en su punto justo arrojarlo en lanzamiento de bala olímpico. Y que cruce la raya de mi horizonte para siempre y copule, si puede, en otra parte.


Y empezar otra vez.


Oler a jazmín y esparcir mi pólen de primavera.

viernes, 24 de octubre de 2008

INSTANTANEAS FAVORITAS DEL CAPITULO FIN

A veces pierdo tiempo poniéndole hielo a un recuerdo que me vuelve. Pero voy a otra cosa.
Una mujer está encerrada en un ropero, grita, llama, golpea la puerta y alguien le va a abrir. O la tira abajo. O llora. O se queda. O sale después.
Yo recorto figuritas.
No hay hombre con látigo, ni gemelas de la mano, ni siquiera tengo hielo.
El martini se recalienta a medida que el cubito final se derrite imperceptible y a su vez verdaderamente rápido. Revuelvo con los dedos. Sonrío.
Tengo que recortar una foto para el álbum. La mejor. Y su perfil derecho tenía un lunar que no le favorecía.

Veíamos juntos el mar y yo sentía que llegaba a esas capas oscuras que dicen que hay en el fondo.
Veía toda la cadena alimentaria, deglutiéndose entre sí, pero a nosotros nos veía blancos y aparte. Peces con risa, nunca vistos, esquivando un rato la ley del ciclo a lo mister Magoo. Y del costado derecho, siempre, pez con lunar.

Otra. Sobre el espejo del techo. Tendido de perfil, cara hacia mi pecho, párpados quietos, brazo izquierdo en abrazo sobre cintura mía, pliegues blancos, piel, paz, perfil izquierdo sin lunar.

O bocacalle, esquina exterior, vidrio atrás del bar. Los dos sentados afuera. Mirarte y quemar. Torcer los ojos hacia delante en espejo. Reír hacia la calle, para que no se vea. Volvernos a mirar. Volver a explotar. Volver a las caras paralelas. Risas con jadeo que volaban hacia algunos ojos atentos de algún desconocido pasajero del 152 que pasaba casual.

O afuera, cenar, de a cuatro. Vereda. Músicos bizarros en vivo, de a cuatro. Violines. Verano. Cinismo inocente y pollo. Incomprensible quizás.

O ventana. Pasillo largo. Timbre. Asomar. Mi casa. Mochila roja de espalda. Vergüenza, hormigueo por el pasillo, quemar y evitar contacto visual directo. Esperarte. Debatirme. Ponerme rush. Arriba de la mesa, contra la pared. Arder…


Ahora voy a recortar.


Voy a ser prolija.
El aire está cambiado y huele liviano, con perfume a café.

jueves, 16 de octubre de 2008

COMPRO MAQUINA SINGER ♥

La bocina del tren por detrás, se escucha la calma. El tecleo. La búsqueda empedernida de señales de hace un rato todavía me raspa. Me raspa la garganta de fumar. Miro el teléfono. Hoy no viene. Más tiempo de autoinfierno, el tren pasa. Imagino las vías crujir. Los pájaros silban en primavera, todo es idílico sobre el paisaje desolado de mis ojos.
Una sierra, escucho una sierra. Alguien trabaja ahí afuera. Alguien se esfuerza por lo concreto. Yo fabulo, me malhumoro por poco.
Deshilvano mis disfraces y el sentido se ausenta si tiro fuerte del hilo, debería coser en una singer y no tironear de ahí. Descoser para fortalecer la trama, vaya oficio de mierda.
Todo se encuentra roto de tanto en tanto, caído por el piso, con los bolsillos vacíos, pisoteados. Con olor a sudor. Y con un día tan bonito.
Me he destemplado. Llevo un saco negro pesado. Podría ducharme pero pienso severamente en el por qué de mi no depilación. En el por qué del descuido desesperanzado. En el descreimiento que me traga últimamente. Pienso en mi tragedia. En el germen de su causa absurda y solo veo hueco. Negro, el no motivo oculto orbitando. Enmudezco para mis adentros, me ensordezco.
Registrar metódicamente el afuera es el ejercicio. Las chicharras en coro creciente. Un bicho feo por ahí. El tecleo. La llama del fuego. Llevo un día destemplado y austero, improductivo, perdido, bocina de auto nuevo, miro la suciedad por debajo de la pata del banco donde apoyo el mate, ella me mira, ni pienso limpiar le digo, se calla. Le pregunto ¿qué debo hacer? Le pregunto por el sentido, quisiera entender mínimamente si hay algún parámetro, si tengo que optar, ¿qué intentar y por qué, qué es lo que debería conservar en los bolsillos siempre, nunca quitar ni para lavar si es necesario, qué mantener absolutamente sucio como para que ni siquiera se ponga en riesgo, qué es lo que debería cuidar, qué?
Explota la bocina del tren y el aire se expande en oleadas, se espesa soleado, nicotinado, empalagoso, agobiado en la tarde seca de primavera.
Los insectos siguen trabajando, la sierra sigue su trabajo concreto, los que piensan desvarían, se pierden mientras tanto. Los que sienten se empalagan con los cuerpos, se suman, se arañan se jadean, se exprimen, se nutren, se vampirizan, se aman, cualquier caso es mejor. El deambulamiento ahogado me estrangula de sol. El tecleo, la bocina y el pensamiento me oprimen lo que no sé. Voy a soltarme hacia la tara. O adherir a los insectos. O quien sabe duerma, solo duerma, lo otro no se puede elegir, o sí? Podría elegir rozarme con alguien?
Cargo el hartazgo inexplicable, el desamparo inaudito, la impotencia llena de ganas. Sonrío. Casi perdí hasta la inocencia como para creer en mi propia tragedia.
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♥ en lo posible último modelo, aceitada, con garantía, especializada en bordes y costuras finas.

sábado, 11 de octubre de 2008

CARNAVAL DEL 72


Me acuerdo que quería bailar, que pensaba que cuándo iban a terminar de tenerme así de quieta, que el sol me molestaba en la cara. Que no entendía bien.

Que me sentaron en el rambler y yo no quería, porque estaba muy alto y todavía más lejos me quedaba la posibilidad del piso y más directo me pegaba el sol a la cara.

Que esa es una de mis caras de estar por llorar, pero que no era cosa con el rambler. (Obsérvese la relación amorosa de la chapa celeste y la mano derecha.)
Que había ganado un premio en el carnaval.
Que yo había subido al escenario a mostrar el traje y me puse a bailar, (qué otra cosa iba a hacer?) porque por suerte no había entendido nada del carnaval y para mí era el traje que me correspondía, no un disfraz, así que me subí, vi a la gente y me puse a bailar porque sí, sin que nadie me haya dicho nada, que bailé porque era mi manera de festejar el momento ese en el que todos me miraban tener mi traje. Y me hicieron ganar.

Que empecé a caminar en puntitas de pie antes del año y estaba por cumplir dos.

Que empecé a bailar antes que a caminar.

Que quería ser bailarina.

Que el de la máquina esa de luz fuerte en los ojos era mi papá y la que había pegado las lentejuelas una por una, mi mamá.
Que me gustaba el tul.
Que me disfrazaba antes con tul y por eso lo del traje. Que tenía poco pelo, que mi maestra después quiso que vaya al Colón.
Que mi mamá no me dejó.
Que yo era muy distraída, muy dispersa y después me olvidé. (No insistí.)
Que hice otras cosas. Pero que cada vez que subo a un escenario, (no soy bailarina) lo que deseo en el fondo, cada vez, en ese segundo adrenalítico-panic de antes de que entre la gente, es que a todos les guste mi traje.

Como aquella vez.