Estaba deshojando los pétalos secos del ramo de campanitas sobre el jarrón del living. Era la hora mágica, esa que dura un rato antes del anochecer. Intentaba sacarlos enteros y los arrojaba al tacho de basura sin apretarlos. Sostenía el tallo con delicadeza y tironeaba hacia abajo. Disfrutaba sostener su no peso en ese rato que le duraban sobre la palma. Había soportado la tarea como hipnotizada.
Miró el reloj, miró el tacho. Recién ahí tuvo noción del tiempo. Contemplar la sumatoria de hojas secas acumuladas fue más contundente que constatar que el minutero del reloj había avanzado
media hora, estaba casi lleno.
Fue ahí que sonó el teléfono.
Una estocada semejante a la caída de un trueno le hizo vibrar sus músculos orgánicamente a la par del timbre, y las hojas secas más cercanas a la superficie del tacho se derramaron del impacto. Toda ella era como un susto simbronando sin base.
Primero miró el derrame, después saltó del sillón como alejándose del epicentro sonoro. Reconoció la taquicardia acostumbrada ante la desestabilización.
Creía que no esperaba nada. Creía que nada iba a ocurrir aquella tarde. Hacía largos meses que sostenía su cotidianidad rechazando cuanta amenaza de imprevistos pudiese evitar. El teléfono insistía, claro que podría ser su madre proponiendo otra vez el almuerzo del domingo que desde hace tres semanas venía postergando, aunque también podría ser él, aún después de tanto tiempo bien que podría ser él, pensó.
Su fantasma venía presenciándola con contundencia últimamente. Lo presentía. Por ejemplo hace un momento, al arrancar cada pétalo seco había tenido la sensación de sostener en su palma pequeños cadáveres de diferentes partes de él, con el mismo no peso que le pesaban sus no caricias o su no voz. Cuando por el desorden de la confusión que todo le produjo, aprisionó debajo de su sandalia una porción de hojas secas escuchó el leve crujir de sus partes ya nítido y casi le dolió. Creyó poder resistir la tentación de atender estoica, atenta al exacto monto de insistencia que estaba dispuesto hacer sonar el teléfono, puesto que no tenía contestador, eso creyó.
Una brisa magenta entró por la ventana y le llevó los ojos dramáticos hacia el atardecer. También voló las flores secas del piso y las dejó más extendidas. También crujieron en un murmullo de película. Su cobardía la revolvía adentro con una estaca. Casi podía verlo extendiéndose a través del cable y presentándose en su casa. Estaba segura. Segura de no atender, segura de que era él. Sólo tenía una duda en forma de sensación, que la interrogaba acerca de su vida postergada, oculta tras ese velo de sentir que su hora había pasado. La duda de si iba a poder perdonarse alguna vez, como reflejo en la ventana, mirándola.
Atendió.
A veces la monotonía es tan amenazante que no se deja tolerar.
Le llevó el brazo, dice. No habló, ni cortó. No tuvo reacción más que la de un mutismo hondo.
Las hojas se acomodaban mientras en hileras curvas con el viento y cambiaban de formas.
Se escuchó el destiempo del otro lado cortando, ella cree que sintió un aliento pero se confunde con el sonido del viento, no está segura. Siguió aferrada al tubo de plástico, viendo a través del túnel negro, cero, hueco, un rato; el silencio como una caverna infinita capaz de milagros. Pero no. Destiempo, pensó.
Todas las flores estaban secas, fue un error separar los gajos, habría que haber tirado el ramo entero, no tenían vida, sólo perfume, un hondo perfume a muerte, pensó. No había porque hacer durar las cosas más de lo que duran en sí.
Cuando colgó el tubo lo hizo como escribiendo la absurda palabra fin al capítulo de su cuerpo, sabiendo que jamás podría renunciar a su fantasma. Había un tosco empecinamiento en no darle otra chance, en castigarlo severamente con hasta el mínimo gesto. Incluso tenía la certeza que se presentaba en sus sueños y operaba sobre él atosigándolo de una culpa irremediable. Nada de ésto la gratificaba, claro.
Comenzó a barrer esas hojas que casi le ocupaban el living completo, minúsculamente esparcidas, volátiles. Por cada barrida caían varias a la pala pero otras varias volvían a esparcirse. Las malditas cosas pequeñas son las más endemoniadas de acabar, pensó. Lo minúsculo queda atorado en cualquier sitio y ante la estúpida manía de mantener limpia nuestra conciencia, lo sucio por más mínimo que sea, se hace evidente con una calidad extremadamente grotesca.
Todas las grietas de la cerámica estaban impregnadas de hojas muertas, aún bellas de muertas, nada más poético se le vino a la mente.
¿Por qué una flor seca seguiría siendo bella?, se preguntó.
Y se quedó pensando un rato en la extraña cualidad que tienen las flores cuando mueren, si es que mueren. Si es que sólo las mata la memoria, o qué.
¿Por qué una hoja de otoño se resquebraja al pisarla por ejemplo y una flor queda asolapada entre las páginas preferidas de un libro hasta varias vidas? ¿cuándo es que mueren y cómo, o dónde?, si es que eso pasa. Si es que morir es quedarse anudado a la mejor parte, adentro, entre tantas, ahí, rozada por las mejores palabras. ¿Es así morir? ¿Cuándo pasa? ¿Qué parte muere? ¿Cuándo y cómo?, si puede ¿Puede?